Poco a poco la gran cantidad de esculturas van disminuyendo, dando paso a grandes marcos con pinturas llenas de pequeños detalles y asiáticos que las fotografían con sus ipads. De repente el silencio que había se rompe, pero no de una manera que aturde. Volteamos hacia el final del pasillo y vemos la razón del leve ruido. Muchas personas se acumulan frente a una gran pared con la esperanza de ver ese cuadro que todos alrededor del mundo conocen.
Al fin logramos acercarnos y simplemente no se cómo reaccionar. Muchas veces había escuchado que era un cuadro pequeño, pero definitivamente no lo esperaba de ese tamaño. Mi hermano está en silencio a mi lado, y estoy segura de que los mismos pensamientos pasan por su mente: ¿Por qué? ¿Por qué es la obra más famosa del mundo si no mide ni medio metro? ¿Por qué Leonardo, siendo tan talentoso y grande, decide pintar a una mujer tan sencilla?
Ahí estamos, con la mirada de la Gioconda clavada en cada uno de los espectadores que nos encontramos frente a esa enorme pared, y es en ese momento donde encuentro las respuestas a mis preguntas. No es el hecho de que sea una mujer sencilla lo que hace de la Mona Lisa un gran cuadro. Tampoco el hecho de ser una obra de Leonardo Da Vinci. La verdadera razón de su grandeza es esa mirada que sin importar a dónde te muevas te persigue. Esa mirada que desde el primer momento que te encuentras frente al cuadro sientes sobre ti. Esa que te cautiva como probablemente cautivó a Da Vinci desde el momento en que la vio. Esa mirada que con un pequeño cuadro, hace a Leonardo un gran artista.
